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miércoles, 10 de abril de 2013

Un ilustre pero sencillo vecino.

MIGUEL ÁNGEL AUTERO.


 Guadalupe Flores no podía contener las lágrimas ayer cuando le preguntaron por uno de sus vecinos y clientes más ilustres. Estaba detrás del mostrador de su venta, Frutas y Verduras Selectas, en la calle Robayna de Santa Cruz de Tenerife, donde tantas veces antes había atendido a un genio del pensamiento contemporáneo de España. José Luis Sampedro, que falleció en la madrugada del pasado lunes a la edad de 96 años, había elegido la capital tinerfeña para pasar los inviernos en tierras más cálidas junto a su mujer, Olga Lucas.
 
Corría el año 2003 cuando la pareja decidió fijar su residencia de invierno en un piso de alquiler de la citada calle santacrucera y allí, el genial pensador "convivió con los vecinos como uno más". "Se paraba a hablar con todo el mundo, pero sobre todo, le encantaba escuchar a todo el mundo", recuerda Lupe Flores.
Solo fueron cinco los años en los que la pareja residió en esa calle, aunque es cierto que los lazos que le unieron a Tenerife son anteriores y habría que remontarse a 1962, cuando ofreció una conferencia en el Ateneo de La Laguna.
 
Dos caídas en la calle, en 2008, y su hartazgo ante las incomodidades por los controles de seguridad establecidos en los aeropuertos tras los atentados del 11-S en Nueva York, hicieron que José Luis Sampedro y Olga Lucas no regresaran ya en el invierno de 2009. Y es que algunas de las nuevas aceras del centro de Santa Cruz no estaban hechas para todo el mundo y al escritor le costaba ver bien algunos de los bordillos, lo que le provocó que en una de esas caídas tuviera que ser hospitalizado.
"Papayas, plátanos, dulces típicos y alguna que otra golosina era lo que más compraba Sampedro", aseguraba Lupe ayer por la mañana, todavía emocionada por la noticia del fallecimiento del escritor. Reconoce que cuando vio a aquel hombre entrar en su tienda por primera vez, no se lo pensó dos veces y le preguntó si era José Luis Sampedro. Casi sin esperar a que le contestara afirmativamente el autor de La sonrisa etrusca, Lupe salió de detrás del mostrador y le estampó dos besos junto a un cálido y sentido achuchón: "No podía creerme que Sampedro entrara a la tienda para comprarme fruta", revive Flores quien añade que el escritor llegó a su tienda "con una gorrita y pantuflas". "Pero le reconocí en cuanto entró por la puerta".
 
A Sampedro le encantaba el clima de la Isla, pasear, conversar y sentarse en la plaza Weyler, la de los Patos o la Rambla, entre Benavides y el García Sanabria. "Solía llevar en el bolsillo de su chaqueta una libretita y un lápiz: Siempre estaba preparado para apuntar las palabras que escuchaba de la gente o las ideas que se le ocurrían para después incluirlas en su obra", afirma.
"A la frutería acudía prácticamente a diario, con Olga o él solo" y de vez en cuando Lupe le decía que "en este país aún no le habían reconocido como se merecía". Por eso ayer, ella contaba también que se alegró muchísimo cuando le otorgaron el Premio Nacional de las Letras, en 2011.
"No venía por aquí desde hace cinco años y muchas de las personas que como yo coincidíamos con él y hablamos un ratito, le echábamos de menos por aquí y ahora sentimos mucho su fallecimiento", señaló Lupe, ayer, mientras caminaba por la acera de la calle Robayna para señalar la vivienda exacta en la que el escritor residió durante un lustro.
 
Sampedro tenía otro rincón al que le gustaba ir casi a diario. La cafetería Scorpio, en la calle Jesús y María, fue testigo de cómo el escritor y su mujer se sentaban en una de las mesas redondas, "siempre en la misma esquina", para saborear un barraquito, recuerdan Montserrat Rodríguez y José Barrera.
Montserrat comenta que a José Luis Sampedro no le gustaba viajar, o más bien no le gustaban los aeropuertos y los controles de seguridad. "Decía que odiaba tener que quitarse el cinto para pasar por el arco de seguridad, porque se le caían los pantalones de lo delgado que estaba". También recuerda el último invierno que pasó Sampedro en la casa de Robayna y relata que, después de que se cayera en la calle, su mujer le ponía una crema de aloe vera en la cara, donde se había golpeado. "Bromeaba con mi marido diciéndole que se le iban a quitar todas las arrugas que tenía".
"Él se sentaba en la mesa y si venía solo se ponía a escribir o conversaba con otros clientes. Era una persona muy campechana, muy sencilla", recuerda.
 
Pero quizás quien más lo llegaría a conocer en Santa Cruz de Tenerife sería Annia Thoel. En 2011 relató a este periódico cómo le conoció el 1 de febrero de 2003, en un restaurante de la capital. Se acercó a su mesa y le pidió un autógrafo. Días más tarde, ambos se volverían a encontrar, esta vez en la plaza de los Patos: Ambos se convirtieron en vecinos del edificio de la calle Robayna y luego en grandes amigos que no dejaron de intercambiar correspondencia. Tan estrecha fue la relación que el escritor dedicó a Irene y Eugenia, las hijas de Annia Thoel y su marido, José Francisco Arnau, La Senda del Drago.
 
Annia afirmó entonces que "Sampedro era excepcional como ser humano, de una sencillez absoluta. Huía de las masas y nunca hizo gala ni ostentación de nada. Como persona, era la pera".

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